Mitologías de lo femenino. - Cintia Rosso

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Mitologías de lo femenino
Ogresas, caníbales y destructoras
Narrativas de la peligrosa transformación femenina entre las poblaciones indígenas chaqueñas

Cintia N. Rosso
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La mujer es un puente de unión entre los caníbales y los humanos
(Claude Levi-Strauss, Palabra dada, 1984).



Introducción

El Gran Chaco es una región que abarca parte de los actuales territorios de Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay donde viven entre otros los grupos indígenas de la familia lingüística guaycurú y la familia lingüística mataco-mataguayo. La primera familia comprende a los abipones, mocovíes, mbayás (caduveos actuales), payaguás, tobas y pilagás, mientras que la segunda comprende a los chorotes, makás, wichí y nivaklé. Cada una de las familias presentaban similitudes lingüísticas entre sí, mientras que todas ellas compartían ciertas características sociales como la obtención de recursos a partir de la caza, la pesca y la recolección, junto a una horticultura incipiente, la movilidad anual —que estaba representada en ciclos de fisión y fusión—, la presencia de un sistema chamánico y brujeril, así como una organización política dividida en bandas. 


En las socio-cosmologías chaqueñas el cosmos está dividido en regiones cosmológicas (en general, tres capas o mundos), cada una de ellas habitadas por diversos tipos de seres, que pueden ser humanos y no humanos que se relacionan mediante diversos tipos de intercambio. Se trata de sociedades que moldean su mundo según una ontología animista, es decir, que hay una extensión de la sociedad al mundo de la naturaleza y una continuidad entre los humanos y los no-humanos (animales, plantas, muertos, astros, dueños de los animales y las plantas, etc.). Son sociedades perspectivistas, de alteridad constituyente, con corporalidades abiertas. Relacionado a esta corporalidad abierta se encuentra la idea de “contagio” definido como el “proceso de transmisión de las características formales o de comportamiento entre los nqui´i [espíritus] de entidades humanos y no humanas en momentos específicos del ciclo vital” (Tola, 2007-2008: 9). Este contagio puede dar paso a procesos de metamorfosis o transformación donde el ser percibe un cambio circunscripto básicamente a la apariencia del mismo o a procesos de cambio ontológico, es decir, una alteración simultánea y radical de forma, de identidad y de subjetividad de una entidad, asumiendo el carácter de definitivo e irreversible como sucede en el caso de la muerte (Siffredi, 2012:28; Tola, 2007-2008). 

Los relatos míticos que narran acontecimientos situados en la época de los orígenes, constituyen los fundamentos de sentido de la realidad y de la forma de vida actuales. Según Alejandra Siffredi (2012) tanto el recitado de alguno de ellos como los sueños chamánicos centrados en ciertas personalidades míticas, poseen la virtud de renovar la unión con aquella época, sus seres y eventos. Este es el de los relatos de las mujeres caníbales de la época de los “antiguos” (término usado para los antepasados por los indígenas chaqueños) que sirven para explicar el por qué las mujeres menstruantes deben seguir determinadas reglas.

Las mujeres “propias y ajenas” pueden representar la otredad, un elemento con una potencia y un poder que debe ser contenido de diversas maneras. De este control se derivan los tabúes asociados a las mujeres durante determinados períodos del ciclo vital ya que constituyen momentos peligrosos donde la contención social puede ser desbordada. Para los qom, Arenas (2003: 198) indica que la niña menstruante “no debe comer pescado, carnes diversas, nada que contenga grasa”. No puede acercarse al agua, ni al monte y debe permanecer en su vivienda. Las restricciones alimentarias y las prescripciones sobre las actividades cotidianas se repetirán cada vez que la mujer menstrué, pero mientras que en la primera menstruación la dieta prescriptiva debía extenderse durante dos meses, posteriormente dura tres o cuatro días (Citro, 2008). Los tabúes alimenticios abarcan tanto a las mujeres como a sus maridos (Arenas, 2003; Métraux, 1996). Estas prescripciones, en los grupos chaqueños, están ligadas a relatos míticos uno de ellos narra la posibilidad de que la mujer se convierta en una mujer caníbal e insaciable que podía devorar la sociedad entera, mientras que otro relata que una mujer menstruante es la culpable de que una serpiente (el arco iris) destruya el mundo conocido. Si estas prohibiciones no se cumplen las consecuencias pueden ser enfermedades, catástrofes e infortunios que recaen tanto a nivel individual, familiar y comunal (Tola, 2008).

Nos detendremos en el primer caso, si la mujer menstruante consume carne durante el período menstrual se convierte en el personaje-estado de la mujer caníbal u ogresa. Entre los mocovíes se llama Nesogoy, entre los qom se conoce como NsoGoe y entre los chorote es Tséjmataki. Entre los mocovíes, Nesogoy era un personaje mítico que se convirtió en una ogresa temible. Esta mujer estaba menstruando cuando acompañó a su marido al monte. Cuando encontraron un nido de loros, el marido se subió a recoger los pichones que iba pasando a su mujer. Esta sufrió un súbito ataque de hambre y se fue comiendo todos los pichones y, cuando el esposo descendió del árbol, también se lo devoró a él. Luego comenzó un raid predatorio hasta que cayó en un pozo trampa que la gente había cavado para ella, la mataron y la quemaron, de sus cenizas nació un gran jaguar (Terán, 1994; Colombres, 2012). Es una pequeña mujer caníbal del monte asociada a la ruptura de la prohibición menstrual, que en los casos que las mujeres transgreden las prescripciones “se les mete en el cuerpo” (Citro, 2008; López, 2009). Entre los qom esta mujer devoradora, insaciable y caníbal es NsoGoe  (nsoxoi) asociada también al jaguar. Para los chorote, Tséjmataki, la ogresa constituye el prototipo chorote del canibalismo personificando la dimensión de lo terrorífico, inmanejable e imprevisible del tiempo primordial (Siffredi, 2012). En efecto, ella actuó en el tiempo primordial pero prosigue haciéndolo, entre otras formas, como un personaje-estado que afecta a ciertos sujetos tras alguna infracción, implicando una potencialidad constante. Al mismo tiempo, Tséjmataki perdura en la planta de tabaco que surgió de las cenizas de su cadáver cuyo uso principal es chamánico y, en menor medida, considerado alimenticio, paliativo del hambre en tiempos de escasez (Siffredi, 2012)

NsoGoe es representada como un “bicho” que se introducía en la mujer menstruante si esta comía carne durante el período menstrual (Citro, 2008). Esta idea de elementos que se introducen en las personas alude al concepto de enfermedad que poseen los indígenas chaqueños donde las enfermedades ocurren por un agente, ya sea un “dueño” que “castiga” por el no cumplimiento de un tabú o por el accionar de un chamán o un brujo. Este proceso de enfermedad puede darse por la intrusión de un elemento externo (NsoGoe como bicho) o por el de rapto del alma. En este caso, el personaje mítico castiga a la mujer metiéndosele dentro y provocando la transformación ontológica hasta que la convierte en caníbal. La única forma de lograr que este proceso se detenga es con la intervención de un chamán.

Las mujeres poseen cualidades para lograr determinadas transformaciones (realizan la cerámica, cocinan los alimentos) y para otorgar la vida y la muerte (antiguamente eran las que decidían en los casos de abortos e infanticidio), por ese mismo motivo son concebidas como seres fértiles, poderosos y peligrosos. Esto les otorga cierta ambigüedad y, por lo tanto, como mencionamos anteriormente, es necesario controlarlas en determinadas circunstancias (en especial, en los momentos de su ciclo menstrual). Son más “propensas” que los hombres al cambio ontológico porque están más cercanas a las transformaciones cíclicas (pierden sangre mensualmente, su cuerpo cambia en el embarazo, les sale leche de sus mamas). Probablemente, esto puede asociarse a que la sangre es uno de los “reservorios de la potencia”, esta potencia que está libre durante la menstruación y que debe ser controlada, los relatos míticos advierten sobre los peligros a los que están expuestas las mujeres que desobedecen los tabúes alimenticios, como mencionamos anteriormente se produce un cambio ontológico a partir del cual se volverían caníbales y destruirían la sociedad misma (Idoyaga Molina, 1983).

Las mujeres por su condición de seres ambiguos eran las encargadas de realizar determinados rituales relacionados al contacto con la alteridad. Ellas eran las encargadas de incorporar las cualidades del enemigo que se encontraban en los scalps (cabelleras) así como eran las encomendadas de realizar gran parte de los ritos funerarios (atención del moribundo, lamentaciones, cavar fosa funeraria, cambio de nombres). En el caso de las celebraciones donde se danzaba con los scalps, además del intento de obtener el poder del mismo, probablemente, se pretendía alejar los aspectos negativos del enemigo muerto. De igual manera, se encargaban de mantener alejado al difunto reciente, ya que su proximidad era peligrosa para los vivos que entraban en contacto con él y, especialmente, para sus parientes. En las sociedades chaqueñas, el muerto, al pasar a otro estado ontológico -Tola, (2006: 163) comenta que el muerto pasa a “existir en un régimen de corporalidad diferente en otro espacio del universo-, se convierte en un ser poderoso y, por lo tanto, temible (Idoyaga Molina, 1983); los ancianos -.gracias al poder acumulado en su vida- junto con los chamanes son los únicos que pueden tratar con esos poderes con capacidad de enfermar y matar. En esos momentos rituales, las mujeres de mayor edad con el cargo de “hechiceras” parecen haber ocupado un lugar privilegiado en el trato con entidades poderosas no humanas. Las mujeres jóvenes participaban de ciertos momentos rituales, pero debido a que era posible que se produjera en ellas una transformación ontológica caníbal debían permanecer fuera de ciertas esferas relacionadas con el contacto con la otredad. En cambio, las ancianas tenían la capacidad de transformar y procesar tanto los productos alimenticios como las capacidades de las entidades dotadas de poder debido a que ellas mismas eran seres poderosos capaces de resistir el contacto y el peligro que dicho contacto implica, debido a que el paso del tiempo las dotaba de mayor poder y, por ende, presentando un peligro menor para la sociedad.

En suma, las mujeres constituían seres ambiguos, fértiles y poderosos que, en ciertas circunstancias del ciclo vital, necesitaban ser domesticados ya que, si no se realizaba algún tipo de control, podían llevar a la destrucción individual, familiar y social. Ellas representaban la otredad, la alteridad –con características poderosas- dentro de la propia sociedad, por eso, constituían un puente entre los enemigos y los muertos, entidades peligrosas y fértiles. Las narrativas míticas ofrecen el modelo y la explicación del cambio ontológico al que las mujeres pueden conducirse si infringen los tabúes que encauzan su peligroso poder.


Bibliografía

  • Arenas, P. 2003: Etnografía y alimentación entre los Toba-Nachilamole# ek y Wichí-Lhuku'tas del Chaco Central (Argentina). Buenos Aires, Edición del autor.
  • Citro, S. 2008: Creando una mujer: ritual de iniciación femenina y matriz simbólica de los géneros entre los toba takshik. En S. Hirsch (coord.) Mujeres indígenas en la Argentina: Cuerpo, trabajo y poder, pp. 27-58. Buenos Aires, Editorial Biblos.
  • Colombres, A. 2012. Seres mitológicos argentinos. Colihue, Buenos Aires.
  • Idoyaga Molina, A. 1983. Muerte y funebria entre los Pilagá. Scripta Ethnologica VII: 33-45.
  • Sifreddi, A. 2012. Memorias chorote. Gran Chaco Sudamericano. Editorial Académica Española, Berlín.
  • Terán, B. 1994. Lo que cuentan los tobas. Ediciones del sol, Buenos Aires.
  • Tola, F. 2008: Constitución del cuerpo femenino entre los toba (qom) del este formoseño. En S. Hirsch (coord.) Mujeres indígenas en la Argentina: Cuerpo, trabajo y poder. Buenos Aires, Editorial Biblos.





Descriptores: Mujeres - peligro - narrativas mítcas - indígenas chaqueños




Resumen 

Las mujeres, en algunas sociedades, constituyen una otredad dentro del propio “nosotros”. Esta extrañeza queda plasmada en las narrativas que cuentan sobre el riesgo que entrañan el género femenino. En las sociedades indígenas chaqueñas esto puede relacionarse con ciertas características que comparten con los seres poderosos, especialmente, la fertilidad, la ambigüedad y la peligrosidad que implican. Por esta razón, existen una gran cantidad de prácticas que regulan y controlan a las mujeres en determinadas instancias de su ciclo vital con el fin de evitar un desbordamiento de sus capacidades que las transformen y hagan peligrar a la sociedad misma. El objetivo de este trabajo es discutir la construcción de peligrosidad de las mujeres a partir de la narrativa mítica de tres sociedades indígenas chaqueñas (moqoit, qom y chorote).  


La envidia como afecto y sus relaciones con lo femenino-masculino. - Marita Sánchez Grillo

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La envidia como afecto y sus relaciones con lo femenino-masculino

Marita Sánchez Grillo
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                  “En el momento actual, el problema desborda el campo de la sexualidad femenina y se centra en torno de lo femenino considerado en su doble referencia al hombre y a la mujer. Englobado aquí en el vasto tema de la bisexualidad, lo femenino presenta suficientes singularidades como para ser examinado aparte o, quizás mejor, como para recentrar desde ello la cuestión de la bisexualidad. (Green, André. “¿Y la mujer?” En las Cadenas de Eros”).
 
                     “He propuesto considerar el Edipo desde un ángulo diferente del de Freud. Cuando se consideran las relaciones triangulares padre-madre-hijo, no se puede dejar de apuntar que la madre es la única componente del triángulo que tiene una relación carnal con los otros dos…Tenemos aquí uno de los elementos más capitales del conflicto fundamental de la sexualidad femenina, que da pie a la rivalidad entre los otros dos partenaires… En este estadio, el caso de la niña no es diferente del caso del niño en su oposición al padre como objeto sexual. Green, André, “La sexualidad materna”. En Las cadenas de Eros, 1997)



I- Introducción    

El tema de esta presentación es la consideración de la envidia como afecto, es decir, como movimiento, manifestación de lo pulsional (representante-afecto), dirigida a los objetos de amor (representantes –meta de la pulsión), tanto en hombres como en mujeres.

Concepto caro al Psicoanálisis, controvertido y central en el abordaje de la bisexualidad humana: en Freud referida a la sexualidad femenina como envidia de pene y como correlato de la angustia de castración; en   M. Klein, concepto extensivo a ambos sexos, a partir de la equivalencia del pene con el pecho materno en la etapa oral y al interior fecundo de la madre tanto en la anal como en la fálico uretral.

En otro tiempo y lugar[1] me he abocado especialmente a la consideración de lo femenino en el varón, ideas que subyacen a este planteo, alguna de las cuáles sintéticamente enunciaré más adelante.

La apuesta en esta presentación apunta a considerar a la envidia como un afecto en el sentido de un representante psíquico de la pulsión (Green 1997), que desempeña un papel primordial en el origen y la dinámica del Complejo de Edipo, tanto en niñas como en varones. Su status teórico sería entonces análogo al de la angustia de castración.

En síntesis, el objetivo es centrarme en aquello que convierte a la trama del Complejo de Edipo en sus dos vertientes, dominante y recesiva (positivo y negativa) en un “discurso viviente”, animado por el afecto o, lo que sería quizás más indicado, animado por ambos afectos (angustia de castración y envidia).[2]


 II. La envidia en el lenguaje y la cultura.

El Diccionario de la RAE, define a la envidia en primera y segunda acepción como “tristeza o pesar del bien ajeno”, “emulación, deseo honesto”. Quiero recalcar la “tristeza” y “el deseo honesto”:  señala en primer lugar un aspecto positivo de reconocimiento y admiración por una posesión ajena dotada con características “buenas” o “valiosas”, capaz de producir s dolor por su ausencia como bien propio y, en segundo lugar, el deseo de imitar y aún superar al objeto de deseo.

Resulta curioso que a continuación, para ejemplificar, recurra a la frase: “Comerse (en negrita en el texto) uno de envidia”, explicándola como frase figurativa de “estar enteramente poseído por ella”. El exceso entonces, en el significado académico, parece quedar restringido al dolor y daño melancólico del sujeto envidioso antes que al ataque o daño al objeto de envidia.

Destaco el valor de esta significación para acentuar los vínculos de la envidia con la admiración, la idealización, la identificación (quizás también raíz de los celos) y la culpa en relación con el objeto envidiado.

La antigua Roma solía representar la envidia con cabezas de mujer con anguilas y serpientes ¿representación imaginaria de la envidia de pene? En Grecia, representada con ojos, ligados a la mirada capaz de producir daño, al “mal de ojos”, superstición popular vigente aún en nuestros días…

En el Purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era cerrar sus ojos y coserlos, por haber tenido el placer de ver a otros caer. La tragedia de Sófocles, a la que queremos llegar, culmina con la autopunición de Edipo que ciega sus ojos. También en el cuento de Hoffmann, “El hombre de la Arena”, Freud sitúa lo verdaderamente ominoso en ese personaje que busca a los niños para quitarles los globos oculares. La angustia de castración está referida, en todos los casos, al castigo de quedar cegados.

Es claro que, en el imaginario popular, predomina la idea /temor del posible daño infringido a otro/s por la posesión de un objeto deseado que el sujeto carece.

Una cita de Melanie Klein en “Envidia y gratitud: “El doctor Elliot Jaques ha llamado mi atención sobre la raíz etimológica de la envidia (en latín invidia), que proviene del verbo invideo: mirar con recelo a, mirar maliciosa o rencorosamente dentro de, dirigir una mirada maligna sobre, envidiar algo” (Klein, M. 1957, p.187, nota al pie n°6).

En la religión católica, desde San Gregorio Magno (S. VI-VII), la envidia se encuentra entre los siete pecados capitales junto a la gula, la avaricia, la lujuria, la pereza, la soberbia y la ira. En el film “Los siete pecados capitales”, nominado al Oscar como mejor película en 1996, y ganador del Oscar al mejor actor (Brad Pitt), el clímax del thriller se logra en el sexto episodio (la “envidia”), con el ataque hasta la muerte a la mujer y al hijo en su vientre del detective que perseguía al asesino serial, porque “envidiaba su vida”. Quizás esté de más recordar que el último episodio corresponde a la Ira, cuando el detective hace justicia por sus propias manos…


III.-La envidia en psicoanálisis

El primer trabajo de Freud en el que aparece el concepto de “envidia de pene” es en el segundo de los “Tres ensayos para una teoría sexual” de 1905, aunque incorporado a posteriori, en las modificaciones realizadas en 1910 y 1924. La primera alusión la realiza en 1908 en “Las teorías sexuales infantiles”. También se refiere a ella en “Introducción del narcisismo” (1914) y en un texto que a mi juicio es sumamente importante: “Sobre las trasposiciones de la pulsión, en especial del erotismo anal” (1917). Aquí querría destacar la ausencia de su mención en “El Yo y el Ello” (1923), donde se explaya sin embargo ampliamente sobre el Complejo de Edipo en el varón. Tampoco la menciona, en el mismo año 1923 en” La organización genital infantil (una interpolación en la teoría de la sexualidad)”, al incorporar la etapa fálica. Siempre consideró una deuda teórica el tema de la sexualidad de la niña y la mujer (el “continente negro”, inexplorado), pese a haber tenido muchos “casos” entre sus pacientes. Personalmente creo que esperaba más respuestas de parte de las colegas mujeres y   después de exponer  la idea con más fuerza  en  los años siguientes tanto en “El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924) y en  “Algunas consecuencias psíquicas de las diferencias anatómicas entre los sexos” (1925), en su artículo posterior sobre La feminidad ( Conferencia 33° -  1932   ) no abandona la idea y la desarrolla en forma paralela a la de “angustia de castración” en el varón, pero “nombra” a la “envidia de pene” con cierta timidez.

Es Melanie Klein la que ya en 1924, en uno de sus primeros escritos (Caso de Erna), afirma: “En la base de esta envidia está la primera teoría sexual infantil…la madre, al copular con el padre, incorpora el pene de este y lo retiene dentro de sí”.

Pero es recién en 1957 (Envidia y gratitud) que desarrolla más profundamente este concepto, oponiéndolo a la gratitud, y haciéndolo extensivo a ambos sexos por igual: “Tanto en el hombre como en la mujer, la envidia tiene su parte en el deseo de quitarle los atributos al sexo opuesto y poseer o arruinar los del padre del mismo sexo… De aquí se desprende que, en ambos sexos, por divergente que sea su desarrollo, los celos y la rivalidad en la situación edípica positiva y negativa (directa e invertida), están basados en la envidia excesiva hacia el objeto primario, es decir, la madre, o mejor aún, su pecho”.

Fue sin duda M. Klein quien amplió el concepto de envidia, haciéndolo extensivo no solamente al genital masculino sino a todas las zonas erógenas, sus objetos y etapas de la evolución de la libido. Fue ella quien ubicó como sujeto envidioso tanto al niño como a la niña en sus etapas preedípicas y edípica con distintas consecuencias y avatares en ambos casos y en correlato con las teorías sexuales infantiles enunciadas por Freud. También, quien se refirió a ella tanto con connotaciones destructivas ligadas a la pulsión de muerte (¿o componentes agresivos de las pulsiones de vida?), como con connotaciones reparatorias correspondientes a las pulsiones de vida: “pero no es solamente el pene, lo que el niño siente que tiene que preservar, sino también los buenos contenidos de su cuerpo, las heces y orina buenas, los bebes que él desea tener en la posición femenina y los bebes que -identificados con el padre bueno y creador- desea producir, siguiendo su posición masculina.

Quiero intercalar un comentario, tan justo como elogioso de J. Lacan a M. Klein  aunque su nombre no aparezca explícito, citado por Julia Kristeva (2001) al comparar la “posición depresiva kleiniana”  con el “estadio del espejo lacaniano”, en la medida en que ambos conceptos atestiguan “la naturaleza propiamente imaginaria de la función del yo en el sujeto”: “Ese vacío pobló al niño con monstruos cuya fauna no conocemos desde que una arúspice de ojos de niño, tripera inspirada, nos ha hecho su catálogo, mirándolos en las entrañas de la madre nutricia.”

D. W. Winnicott se refiere a un “elemento femenino puro” en hombres y mujeres. Esta relación inicial es la que funda la más primitiva de las experiencias humanas: la de “ser”. Implica el sentimiento de empezar a vivir, estrechamente ligada a la experiencia creadora. Esta creatividad corresponde a la condición de estar vivo y se vincula con la idea de que la vida es digna de ser vivida. Por ello, la creatividad es un denominador común a hombres y mujeres.

El abordaje de Winnicott y su concepción de la identificación primaria corrigen la idea de Freud de que en el varón la identificación primaria es con el padre, e incorpora la de que es esencialmente con la madre. En otras palabras, es la madre la que se unifica con el ser del niño, cualquiera sea su sexo. Podría postularse, desde esta óptica, que el varón, desde la versión positiva de su Complejo de Edipo, no tendrá que hacer un pasaje de objeto en cuanto a elección amorosa, pero sí tendrá que hacerlo respecto del objeto de identificación primaria.

Para Winnicott, así como la relación de objeto del elemento femenino puro supone identidad y no está involucrada en ella la pulsión, la relación objetal del elemento masculino puro supone separación y se encuentra respaldada por la pulsión. De allí su ya clásico aforismo: “Después de ser hacer y que se le haga a uno”.

Para este autor, la envidia hacia lo femenino puede provenir tanto de los hombres como de las mujeres, desde el elemento masculino de ambos. En forma análoga, la envidia al pene podrá provenir del elemento femenino disociado, tanto del hombre como de la mujer. Esta envidia, por tanto, no será privativa de esta última, y con un caso clínico ilustra la envidia al pene desde el elemento no masculino de su personalidad en el tratamiento de un hombre de mediana edad, casado y padre de familia. Allí especifica: “Deseo destacar que esto nada tiene que ver con la homosexualidad.”


IV.- Conclusiones:

a) Terminando este trabajo, vuelvo a la primera cita de A. Green del epígrafe en su artículo “¿Y la mujer?” Comparto y destaco la idea de que lo femenino debe ser examinado aparte, aunque sin perder de vista el problema de la bisexualidad.

b) Con respecto a la perspectiva de la segunda cita de Green en “La sexualidad materna”, cuando señala “que la madre es la única componente del triángulo (padre-madre-hijo) que tiene una relación carnal con los otros dos”, vale en el contexto de este trabajo el siguiente interrogante: ¿es posible negar ante la figurabilidad de tales escenas la presunción de ser movilizadoras de una intensa envidia, en cualquiera de los dos partenaires?

c) En esta breve ponencia he esbozado un tema sobre el cual, creo, no tenemos suficientes respuestas desde el corpus teórico del psicoanálisis. Me refiero a los afectos y, dentro de ellos, en especial, a la envidia, afecto prínceps en la teoría de la feminidad. La envidia de pene, compañera simétrica de la angustia de castración. Ambos, afectos conscientes o inconscientes, representantes psíquicos de mociones pulsionales que dinamizan un complejo de representaciones que el psicoanálisis teoriza como complejo de Edipo, al que quizás podamos reconocer como uno de los conceptos centrales en la teoría.

Curiosidad matemática: en el texto de “el Hombre de los lobos, Freud menciona a la angustia de castración dieciocho veces. Me atrevo a decir que la mención a la envidia de pene en toda su obra apenas debe superar el número de menciones a la angustia de castración de ese sólo artículo.

Ya me he ocupado sobre este tema en un largo trabajo sobre “Las teorías sexuales infantiles, con especial referencia a la teoría de la cloaca y el complejo de Edipo en el negativo en el varón”, publicado en 2010 como “El niño de las hormigas. Un caso paradigmático del psicoanálisis con niños”. La hipótesis allí planteada es: ¿No habrá una simetría en cuanto a la función moduladora de la angustia y estructurante del aparato psíquico entre la posición femenina en el varón sustentada a través de la teoría de la cloaca, y la posición masculina en la mujer, sustentada en la envidia al pene?

d) Se hace demasiado hincapié en que en el complejo de Edipo la niña, a diferencia del varón, debe sortear una dificultad por tener que cambiar el objeto de amor. Pero ¿está más exento de dificultades el hecho de que el varón deba cambiar el objeto de identificación en la versión positiva si consideramos que la identificación primaria es primordialmente con la madre?


     Bibliografía

  • Green, André (1990). El complejo de castración. Paidós, Bs. As., 1996.
  •                         (1997). Las cadenas de Eros.  Amorrortu, Bs. As. 1998.
  • Kristeva, Julia (1996) Sentido y sinsentido de la revuelta. Eudeba. Bs. As. 1998
  •                                    El genio femenino. 2. Melanie Klein. Paidós Bs. As. 2013
  • Sánchez Grillo, M. del R. “El niño de las hormigas”. Ed. Biebel. Bs. As. 2010

     

Descriptores: Envidia de pene - Feminidad – Bisexualidad- Femenino-Masculino


Resumen

Este trabajo considera a la bisexualidad humana haciendo foco en las concepciones de los autores clásicos del psicoanálisis (S. Freud, M. Klein, J Lacan, D. W. Winnicott), a través de la lente de ideas más contemporáneas (A. Green y J. Kristeva).

El tema central es el tratamiento de la envidia como manifestación de lo pulsional (representante-afecto) dirigida a los objetos de amor (representantes –meta de la pulsión), tanto en hombres como en mujeres. Asimismo, se bosquejan las consecuencias de dichos movimientos afectivos en la estructuración de lo intrapsíquico que dan lugar a sus manifestaciones en lo intersubjetivo, tanto durante el desarrollo, en la vida adulta y en la clínica.
  





[1]  El Niño de las Hormigas. Un caso paradigmático del psicoanálisis con Niños.
[2] “… el afecto tiene características que hacen de él un elemento bastante complejo: mantiene una relación muy estrecha con el cuerpo; está muy ligado a los elementos situacionales, marca de entrada la relación con el otro (y es de entrada marcado por la relación con el otro). Además, es el soporte de cierto número de elementos que permiten que fenómenos como la creencia o la pasión queden anclados en el inconsciente. Me parece que el afecto es un testigo privilegiado de las relaciones con la pulsión y con la historia del sujeto. Y un último punto, que ya había sido percibido por Freud: la relación del afecto con la verbalización es mucho más incierta y discutible que la de la representación con la verbalización.” (Green,A. y Urribarri,F.(2013) en “Del pensamiento clínico al paradigma contemporáneo. Conversaciones”, Ed. Amorrorrtu, Bs. As.2015.

Lo femenino, ¿una denominación totalizadora? - Norma Slepoy

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Lo femenino, ¿una denominación totalizadora?

Norma Slepoy
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Este trabajo procurará discernir qué vicisitudes de las diferencias se ponen en juego para generar la apariencia de una esencia en la formulación aislada de “lo femenino”.

En tanto psicoanalistas estamos acostumbrados a la dinámica de oposiciones articuladoras de diferencias (activo/pasivo, fálico/castrado, masculino/femenino), aunque las mismas no son privativas del ámbito del psicoanálisis. Como veremos más adelante, en distintas áreas del saber ha sido relevada una matriz de sentidos antagónicos.

Para situarnos en un principio en nuestro contexto, mi interrogación trata de dilucidar qué es lo que determina que, por vía de la sustantivación, “lo femenino” devenga aislado de su par antinómico y adquiera la connotación de una cualidad esencial. Más aún si damos por cierto que Freud, ya formuladas las consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica, arriba a su ya célebre pregunta: “¿qué quiere una mujer?”. Esta pregunta de Freud acerca de la mujer en general, en momentos en que se encontraría atribulado por no poder dar cuenta de lo atinente a una mujer, convoca en mí dos imágenes.

Una de ellas es la icónica fotografía de Charcot presentando a una mujer histérica de la Salpêtrière, escena central en la mostración durante las “lecciones de los martes”. En La invención de la Histeria Didi-Huberman sitúa a Charcot trabajando bajo la influencia del cuadro de Fleury Pinel liberando a las locas de la Salpêtrière. Entiende que Charcot redescubre a la Histeria inventándola en el seno del espectáculo que cuenta con una suerte de complicidad entre la contorsión de los cuerpos semidesnudos de las histéricas y la mirada de los médicos.

La otra, es la fotografía en la que un grupo de hombres vestidos -hasta con sombrero de copa- asisten a la perfomance de Yves Klein en que mujeres desnudas, embadurnadas de pintura pintan con sus cuerpos el magnético “azul Klein” en un lienzo colocado sobre el piso. Ellos, sentados en unas gradas observan a las mujeres; el pintor ha sido sustituido por una multiplicidad de hombres mientras que en las mujeres desnudas se funden el posar y el acto del pintor.

La primera escena atañe a la Histeria, la otra podríamos decir que a la Mujer.  

En el caso de Yves Klein el vehículo de la puesta en escena es el trazo del atrayente azul; en el de Jean-Martin Charcot, el trazo de una supuesta ciencia puesta a fluir en las descripciones y en una empecinada búsqueda de la Iconografía fotográfica de la Salpêtriére cuyo propósito último es capturar el aura-alma de las histéricas. Literalmente, la cámara fotográfica al acecho de captar la imagen del aura de la Histeria.

Las fotografías en uno y otro caso tienen la virtud de encuadrar la escena: la mostración de Charcot, cuyo centro y objeto de estudio es la Histeria, incluye en la foto a los otros protagonistas: los médicos. En la de Klein, el foco constituido por el cuerpo femenino incluye al público: los hombres que miran.

Se hace visible una dualidad que, si uno fuera uno de esos médicos de la Salpêtrière o parte del público de la perfomance, quedaría elidida y solo contaría el objeto de la observación; una dualidad que en estas situaciones es la femenino/masculina o viceversa. Podríamos poner el acento en el vínculo erótico de unas y otros, pero al propio tiempo la manifestación del cuerpo desnudo, sin velos, parece orientarnos en el sentido de la búsqueda de algo esencial.

Nos enteramos luego de que, efectivamente, también Yves Klein centraba su búsqueda en algo de esa naturaleza: el azul del cielo, el espacio etéreo que rodea al planeta implicaba para él un encuentro con lo inmaterial.

Sabemos que a diferencia de Charcot -y sus espectaculares presentaciones de los grandes síntomas histéricos- Freud, luego de su estancia en La Salpêtrière, supo trascender el frenesí de plasmar en imágenes el aura-alma de la Histeria y optó por el camino esforzado de seguir los más leves indicios, renunciando a toda concepción general que él solía adjudicar a los filósofos. Hizo hablar a las mujeres que padecían de histeria y nos legó, entre otros, el caso que presentó como una “petite hysterie”, de pequeños síntomas sustentados por una fina filigrana de fantasías a las que llegó a partir de los pequeños detalles de sus síntomas y sueños.

¿Qué hizo que años más tarde –supuestamente en momentos de impotencia al no poder librar de su padecer a Marie Bonaparte- Freud se preguntara qué quiere una mujer, ya no esa mujer, sino la Mujer? Ya no el análisis de lo nimio, de los detalles… Más allá de los motivos íntimos de Freud podemos suponer que fue hablado por un discurso que vehiculiza la tendencia a totalizar y que se expresa de diversas formas y en diferentes escenarios. Como modo de comenzar a introducirme en los mismos, y sin necesidad de acudir a sesudos análisis filosóficos de la economía política, recurro a una entrevista[1] en la que Jorge Luis Borges hace gala de su capacidad de síntesis. Se le pregunta qué piensa de la pobreza y él por toda respuesta dice: “los millonarios son la condición necesaria de los mendigos y viceversa”. Nuevamente, el propósito de aislar para desentrañar un fenómeno reclama la consideración de una matriz de diferencias, diferencias que parecen exceder el marco restringido de una disciplina. Para acceder a las mismas es necesario sustraerse de ese discurso que suele adelantarse a nuestra reflexión y nos impide analizar.   
 
Recorreré las ideas de autores de otras disciplinas comenzando por algunos del ámbito del Análisis del Discurso; autores que complementan los hallazgos del psicoanálisis y permiten ampliar su perspectiva al incluir la dinámica social. Tienen en común trascender los postulados de la lingüística al incorporar el uso del lenguaje destacando la función de las prácticas discursivas.

Dado que nos deteníamos en las circunstancias en que somos hablados por un discurso que nos trasciende comenzaré por Michel Pecheux quien, al instrumentar la práctica interpretativa en el análisis del discurso, ha puesto de relieve a un sujeto que no es dueño de lo que dice.

Elvira Narvaja de Arnoux asocia la actividad interpretativa en el análisis del discurso con el paradigma de las inferencias indíciales del historiador Carlo Guizburg que, además, compara con el método de Freud en tanto ambos parten de los pequeños detalles siguiendo un método que esta autora considera detectivesco.

Esta comparación de Arnoux nos recuerda la reconstrucción a partir de indicios de la historia del humilde molinero de El queso y los gusanos, de Ginzburg. Pareciera haber una correspondencia en uno y otro pensador entre el método y sus objetos de estudio: un humilde molinero, uno de tantos subalternos en el caso de Ginzburg, una “petit hystérie”, carente de síntomas espectaculares, en el de Freud.

Por su parte, Emile Benveniste ha insistido en la constitución discursiva de la subjetividad. Encuentra que la misma se expresa en la conformación del sujeto de la enunciación que al incluir una relación yo-tú señala la adquisición de la conciencia de sí y del otro; una dualidad que no se reduce a una antecedencia del yo a la sociedad – o de esta sobre el individuo- sino que es fruto de una relación dialéctica.

 En tanto, Roland Barthes decreta “La muerte del autor” en una crítica que incluye no dar sentidos últimos a la escritura y, de paso, al Dios de la teología, y con él a la Ciencia, la razón, la ley. Frente a esta afirmación radical de Barthes, Michel Foucault agrega más tarde -en su conferencia de 1969- la pregunta acerca de la obra, no solo se pregunta qué es un autor, sino qué es una obra, ya que sostiene que si se declara la muerte del autor no se acaba con la unificación que este representa si la misma se desplaza a la obra.

No dar sentidos últimos, decía Barthes. Los sentidos últimos suelen conducir a la inmovilidad. Como psicoanalistas abocados a la función terapéutica nos interesa la movilidad psíquica. En ese sentido, Norman Fairclough, en su manifiesta intención de dar cuenta del cambio social nos da pistas acerca del cambio psíquico en su consonancia con el cambio social. Fairclough afirma que el lenguaje no solo representa al mundo, también lo significa, contribuye a la reproducción social y a la transformación social. No es una simple relación entre ideas, sino que se genera en una práctica social determinada por estructuras sociales materiales, en una causalidad que no es mecánica sino dialéctica. Considera que en el análisis de los textos se encuentran los vínculos con las prácticas discursivas y con las prácticas sociales. También aclara: el discurso está involucrado en las prácticas sociales, pero no todas las prácticas sociales se dirimen en términos de discurso, como por ejemplo las comprometidas en la producción industrial o en las instituciones.

Si bien Fairclough piensa que las ideologías establecidas se naturalizan a través del sentido común, hace especial hincapié en la potencialidad de transformación de las relaciones de dominación como resultado de las luchas que tienen lugar en el campo de las prácticas discursivas. Enfatiza la importancia de tener en cuenta tanto las estructuras del lenguaje como los eventos entre personas, de modo de considerar la determinación del orden del discurso y sus coacciones actuantes en la fijeza de las ideologías, como así también los procesos de su transformación. 

Es decir, ni plena libertad en la formación del discurso ni reproducción fijada, sino un proceso dialéctico de naturalización y desnaturalización del discurso, proceso en el que no se es consciente del carácter ideológico de las propias prácticas. Prácticas ideológicas vinculadas con las relaciones de dominación de clase, de género, de grupo cultural, etc.

Fairclough se adscribe al concepto de Hegemonía de Gramsci, “una concepción del mundo que se encuentra implícitamente en el arte, en las leyes, en las actividades económicas y en las manifestaciones de la vida individual y colectiva”, entendida como el poder de las clases económicamente dominantes y sus aliados, pero que no se logra más que parcial y temporariamente en un equilibrio inestable.

Marc Angenot, por su parte, también ha desarrollado sus ideas alrededor del concepto de hegemonía en El discurso social. Los límites históricos de lo decible y lo pensable. Resulta interesante su formulación acerca de lo decible y lo pensable ya que se encuentra muy cerca de experiencias propias y ajenas frente a discursos que revindican “lo impensable”, “lo indecible”, como si se tratara de un carácter esencial de las temáticas en cuestión cuando en acuerdo con el modo de enunciarlo Angenot se trata de límites organizados socialmente o, en términos de Foucault, los límites que impone el orden del discurso. Atento al factor institucional, Angenot se propone desclausurar los campos discursivos que aparecen aislados en lo que se imprime y se enuncia institucionalmente. Y, más en general, su propuesta incluye la idea de que las manifestaciones discursivas no deben ser evaluadas aisladamente.

En su desacuerdo con Mijail Bajtín en cuanto a que en el discurso social se exprese un libre fluir de las conciencias, una heteroglosia que generaría en lo artístico un texto polifónico, considera que en esta concepción se construye un “mito democrático”. De este modo precisa su concepción del carácter social del discurso: es la resultante de la hegemonía en el seno de un conjunto complejo de reglas prescriptivas, de leyes tácitas que operan sobre la intertextualidad e interdiscursividad organizando lo decible. De este modo, nuevas ideas pueden quedar neutralizadas por discursos que se constituyen en mono sémicos absorbiendo lo diferente.

En su complejidad, la hegemonía regula prácticas discursivas que estratifican grados de legitimidad de los diferentes discursos sociales (lenguaje y literatura distinguida, lenguaje y literatura popular) en las sociedades estratificadas al tiempo que impone dogmas, fetiches (la Patria, el Ejército, la Ciencia) con pretensión de validez universal. Así como tiende a unificar, diferencia de manera regulada. Una aguda observación de Angenot que discierne en la hegemonía la provisión de formas canónicas y temas comunes al tiempo que confina determinadas cosas al territorio de lo impensable.

Insiste en cuestionar la posición de los autores que llaman discurso social a la totalidad de la significación que engloba monumentos, imágenes, espectáculos, gestualidad, vestimenta. Sostiene que hay una diferencia radical entre lo que se dice en los textos y la significación inscripta en el cuerpo, en los gestos, en el habitus (según la caracterización de Pierre Bourdieu). Pone como ejemplo lo que se dice de las mujeres y la producción de la mujer en su cuerpo desnudo o vestido. En suma, la diferencia de la significación objetivada en los textos y la inscripta en el cuerpo del hombre social. Los sujetos están modelados en su vestimenta, su cuerpo, sus gestos, sus gustos según sus roles sociales, su clase, su status, por relaciones simbólicas que no pasan por su conciencia verbalizada y discursiva.

La importancia de lo que no se dice, no se escribe y no se expresa está signado por los límites históricos de lo pensable y lo decible en una sociedad dada.

Para ir a la fuente de tantos pensadores, algunos que cito y muchos otros más, consignaré algunas ideas de Antonio Gramsci que me parecen relevantes para el tema que me ocupa. En su concepción de la lengua como un sistema abierto en íntima conexión con lo social y lo político nos describe una dinámica en la que transcurre una lucha entre lenguas dominantes y lenguas dominadas que, sin embargo, permanecen, que no desaparecen. Gramsci se opone a todo intento de unificación que intente acallar la heterogeneidad de las lenguas y con ella la heterogeneidad social. Por esta razón se opuso al intento de la unificación italiana que pretendía instaurar el esperanto o el toscano en Italia. En cualquier caso, lo ha considerado un intento de acallar las lenguas subalternas de ese territorio. Por el contrario, ha celebrado el enriquecimiento mutuo en el libre encuentro de las lenguas y sus distintas temporalidades, muchas veces reprimidas, precisando que los cambios lingüísticos se dan de abajo hacia arriba y no al revés.

En su lectura de los Cuadernos de la cárcel Diego Bentivegna destaca el fenómeno experimentado por Gramsci cuando, preso y en medio de sufrimientos físicos, mezcla inconscientemente palabras y frases sardas de su lengua materna que emergen en esos momentos. Un fenómeno que a los psicoanalistas nos resulta familiar.

Yendo al ámbito de la antropología, François Laplantine, psicoanalista y antropólogo para quien lo psíquico y lo cultural mantienen una relación de implicación mutua, encuentra que en toda sociedad surgen tensiones inevitables entre los sexos, los grupos de edad y las clases sociales que generan sistemas de defensas. En su análisis antropológico de las creencias sostiene que toda concepción religiosa se organiza a partir de categorías contrapuestas que son en todas partes rigurosamente idénticas: lo sagrado y lo profano, lo alto y lo bajo, lo iniciado y lo no iniciado, lo masculino y lo femenino, lo divino y lo demoníaco, lo celestial y lo infernal. Estas categorías se ordenan de modo diferente de acuerdo con las condiciones económicas y las tensiones sociales en una dialéctica alternada entre lo manifiesto y lo latente de acuerdo con el funcionamiento de la represión. Una estrecha coincidencia con lo señalado por Freud (Freud, S. 1910) acerca del sentido antitético de las palabras primitivas.  

En tanto, Pierre Bourdieu incluye los conceptos de campo y de habitus en su análisis de lo social. En el campo las posiciones sociales están en tensión, hay luchas materiales y simbólicas para obtener un capital social. En tanto que el habitus es la interiorización de esquemas clasificadores que son estructuras mentales o formas simbólicas. Las mismas son el producto de la división en clases sociales, clases sexuales o clases de edad. Al ser productos de las estructuras fundamentales de una sociedad, esos principios de división son comunes al conjunto de la sociedad. Estos sistemas clasificadores que constituyen el habitus están compuestos por lo alto y lo bajo, lo fino y lo grueso, lo liviano y lo pesado, etc. Sus disímiles valoraciones según las clases deben su eficacia a que funcionan fuera del control voluntario, a que están incorporados también en el cuerpo y se expresan en los gestos automáticos como el moverse, el hablar, el comer, el sonarse la nariz. A través de esos esquemas se manifiesta la división en clases, la división de sexos y de edades. Bourdieu afirma que cuando en la sociología o en la filosofía se niegan estas diferencias se construye la ficción de un sujeto universal.

En este escueto recorrido tomamos contacto con autores que han discernido las diferencias imperantes en el discurso social y en las prácticas sociales en las que está implicada nuestra subjetividad. Al propio tiempo han detectado los modos a través de los cuales se intenta neutralizar estas diferencias: universalización, unificación, imposición de sentidos últimos…

Espero tener oportunidad de presentar en el Simposio el relato del análisis de una mujer. Un proceso analítico que, más que captar la esencia de lo femenino, pone de manifiesto la dialéctica de las diferencias de una subjetividad en íntima relación con el despliegue de las diferencias de la estructura social.


Bibliografía

  • Angenot, M. (2010): El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible, Siglo XXI editores, Buenos Aires
  • Bourdieu, P. (1979):  La Distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Ed. Taurus, Buenos Aires
  • Didi-Huberman, G. (2007): La invención de la histeria, Ediciones Cátedra, Madrid
  • Fairclough, N. (1993): Discurso y cambio social, Facultad de Filosofía y Letras, UBA
  • Freud, S. (1910): “Sobre el sentido antitético de las palabras primitivas”, O.C. Tomo XI, Amorrortu, Buenos Aires   



Descriptores: Esencia -Matriz de diferencias - Negación de las diferencias – Universalización


Resumen 

Este trabajo abre una interrogación acerca de la delimitación de “lo femenino”. En tanto aislada de su par antitético esta nominación parece conducir a la búsqueda de una esencia eludiendo las diferencias implicadas en la subjetividad.

La autora analiza en el ámbito del psicoanálisis, y en el recorrido por la obra de autores de otras disciplinas, el efecto de universalización que conlleva la neutralización de la matriz de diferencias propias del discurso y de las prácticas sociales, en su relación con la estructura social.













[1] Entrevista concedida en 1976 a la Radiotelevisión Española, emitida en la Argentina por el canal Encuentro.