El fetiche. Lo animado e inanimado en la clínica psicoanalítica. - Marcelo Redonda

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El fetiche. Lo animado e inanimado en la clínica psicoanalítica

Marcelo Redonda
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La insistencia de un observable en mi trabajo guió mi atención hacia el siguiente hecho: ¿soy un objeto animado para mi paciente?, ¿lo es su hijo o esposa?, ¿su alucinación es más animada que yo para sus necesidades psíquicas? ¿en qué momento este adolescente puede empuñar su arma y matar a sus compañeros como si fuesen muñecos? ¿esas imágenes que me muestra en google en directo, en la que me señala en donde el francotirador de colorado o Texas disparaba como si los que corrían desesperados fuesen hormigas, son la evidencia de objetos inanimados y manipulados a gusto, objetos ajenos a la posibilidad de ser objetos vivos?, ¿y esos dibujos japoneses que se multiplican a una velocidad superior a lo que estoy acostumbrado a registrar, además de un idioma y voces no adecuadas a mi escucha, de qué mundo son?.  Sólo algunos interrogantes que se pueden incluir en esa pregunta: ¿qué es un objeto animado, o vivo, y que un objeto inanimado en las sesiones analíticas? Señalo que un objeto inanimado no es un objeto muerto. Lo inanimado puede volverse a animar según la operatoria que se realice con el fetiche. Puede volverse un objeto animado, una experiencia psicótica o un homicidio según sea la resolución. Sabemos tentativamente que ante el fetiche nos encontramos en una situación fuera de todo consenso. Es decir, sin un símbolo.


La adolescente de ojos perdidos que vio a Syd Barrett, o (♀ ≠ ♀ +♀…)

                                                                                     I tell you we must die
                                                                                                    The Doors

El día que estuvo en “la tribu”, una radio alternativa de Almagro, Andrea vio a Syd Barrett. La quisieron convencer de que el músico inglés, integrante de Pink Floyd, había muerto hacía tiempo, luego de un período de extravío en que lo sumió una sobredosis de drogas experimentales. Ella, de todos modos, con sus ojos perdidos había visto a Barrett. También había quedado luego de un confuso diálogo, en encontrarse con un mozo de la tribu en una sala de cine. Al ver que el joven no llegaba, decidió quedarse a las dos funciones que seguían para certificar que no estaba, o que no era ese...que se parecía o el que la miró. Ante la prueba irrefutable de la ausencia se pregunto si realmente había quedado en encontrarse con el joven en ese cine, o si realizó alguna cita inclusive. Llegó muy tarde a su casa que le pareció extraña al verla en la madrugada. Se puso a estudiar latín, era una estudiante avanzada de Letras. Se durmió estudiando sin entender lo que decían las palabras. ¿Se despertó? sin poder hablar castellano corriente y rodeada de su familia que decidió llevarla a un psiquiatra. Conservaba el habla en latín.  Luego de unas semanas, concurrió a una entrevista conmigo. Con los ojos perdidos me comentó que se sentía abrumada por una presencia, que no sabía si la llevaba adentro o afuera. Le dije que había algo que no la dejaba comunicarse del todo conmigo e incluso no sabía si yo era o no real. Intento fijar su vista en mí. Era una chica bonita cuando miraba. Se quejó de hacer gastar dinero a sus padres en ella que tiraba todo a la basura. Estaba decidiendo no intentar nada más. Salgo muy herida de todas las cosas. “No sé si sabes lo que me pasó en el cine”. “Si, vos me lo comentaste”. “No lo recordaba. No recuerdo. Siempre tengo la idea de que cerré mal la puerta, que la deje abierta. En el cine no sabía que pensar. No podía creer que nadie estuviera ahí, creo que me volví un poco loca., yo soy virgen, parezco de catorce, pero tengo veinticinco., me fui escuchando a Barrett, ¿te gusta Barrett? Yo vi a Barrett”.

Bion sostiene que el analista que trabaja con pacientes psicóticos tiene que operar en un campo que no tiene limitaciones finitas, es decir trabaja fuera del discurso, del número, la abstracción o un objeto vivo. El símbolo importa la vitalidad del objeto vivo y real. El paciente intenta mantener alejada la conciencia de los objetos reales externos que lo vinculan con la realidad interna. Decide quedarse con los ojos perdidos mirando a Barrett, un objeto alucinado y protector que reemplaza al desenlace edípico, que generaría una ausencia de la situación esperada. Se va atacando desde la necesidad de rechazar el significado de la realidad que se evidencia. Comienza tratando de encontrar el hecho que afirme que allí debía concurrir alguien a verla. Luego viene la transformación negativa de la fachada de su casa, hasta la desarticulación del lenguaje.

Andrea evita la mirada. Más que eso, la visión, el olfato. El mundo sensorial se le va pulverizando hasta...nada- diría Bion. No es lo mismo nada que no cosa, nada que el negativo, ¿aquello que no está es nada o la ausencia de algo? Me dirijo a vincular al fetiche con la psicosis. La nada que tapa el fetiche es el paso intermedio entre el objeto animado y el inanimado. Entre el símbolo y la alucinación.  Una característica central del fetiche es que es un objeto inanimado. Inanimado, o bien porque fue despojado de la emoción o porque su funcionamiento se dirige a que la noción realista no se aproxime a su realización. No es una incógnita, es una cosa, un hecho no digerido, no transformado. Es algo que tapa nada, no la ausencia. También puede ser cargado alucinatoriamente. Todo depende de la operación del sujeto. Cada cosa depende de una percepción y una interpretación. Andrea vio a Syd Barrett, eso debía ser para ella un fetiche alucinado importante para estar ahí. No pudo recordar que estaba muerto, lo que sabía de sobra. No pudo oír uno de sus discos o llevar una remera con su rostro. No pudo hacer una división de Pink Floyd antes o después de Barrett. No pudo reunirse con unos amigos a compartir información sobre el fetiche. Ella vio a Barrett. A tal punto el fetiche la aliaba al mundo. Barrett era su hilo de cordura. Conversamos mucho sobre él.

Las princesas del grupo de Andrea iban de remera, eso era muy importante para ellas. Sus diálogos las mantenían unidas en unos mitos sobre Barrett, Vicious, Cobain, Morrison y otros muertos jóvenes. Fuera de esos diálogos que se desplegaban como discurso en la sesión no se sabía bien qué había. Un poco de Paul Celan, Trakl, y el cine de Tarkovski. El diálogo era una parte de ese objeto fijo e inanimado. “No queremos ser princesas, sólo mantener nuestra remera limpia”, cantaba de a momentos en un inglés idéntico al de David Grohl, cantante de Foo Fighters, ex Nirvana. El fetiche tiene una potencia vital: no es transformado, pero tiene una lógica. Todo fetiche tiene una lógica y brinda un mundo no disponible para la función alfa, aunque puede contenerla. La preconcepción está saturada de un significado fijo e inmutable. Es un objeto sensorial sin preconcepción. Sin embargo, como señala Bion, ésta fijeza crece en la inversión de la función alfa. Excrece podríamos decir, es una excrecencia. Como señalan M. Martinez y D, Sor, “para Bion es esencial despertar en los psicoanalistas la idea de que en la sesión “hay dos seres vivos””. Y citan: “Hombre: No sabemos lo que entraña la transformación de lo animado en inanimado, o sí sabemos, o creemos saber, algo de lo que supone el cambio de lo animado en inanimado. El proceso de unión puede ser asesinato y suicidio.” (3)


Tres tipos de fetichismos

La clave de esta clasificación de raíz clínica es entender hacia qué lado se direcciona la movilidad del fetiche, hacia un objeto vivo o hacia un objeto muerto (♀≠♀+♀…).

El fetiche puede ser:

A) una imagen, un objeto animado. Hecho/hechizo. Un protopensamiento. Un dato sensorial. Un elemento beta sin “valencia” pero con una orientación animista tendiente a la desintegración.

B) Una matriz de pensamiento, un objeto de transición, un paso hacia el símbolo. Un elemento beta que espera la función alfa para transformarse en una representación.

C) Un objeto desintegrado y reunido nuevamente en una formación diferente a la del sueño alfa, lo que Bion denomina pantalla beta. Una aglomeración plagada de acción. Una formación similar a la de un sueño, pero en un hecho real externo que tiene vida. Un monstruo, una alucinación, una venganza homicida.

D) Un objeto muerto animado y reunido en una formación grupal: un líder paranoico, una idea elitista mesiánica, un ideal ajeno al principio de realidad.

E)  Partes del yo aglomeradas que se perciben en la presentación bizarra del paciente. Una neoidentidad que no genera la resonancia de una identidad.

La formula
(♀≠♀+♀…)

Hablando del continente ♀, en el capítulo XXVII de “Aprendiendo de la experiencia” (punto 17), Bion sostiene: (♀≠♀+♀…), y aclara, “donde los signos + representan variables que pueden ser reemplazadas por signos que representan emociones y los signos. representan una constante que representa duda”. (pág. 149) (1)

Recorramos un poco la fórmula. Por un lado, los paréntesis y los puntos parecerían indicar que se está considerando esta operación (la del pasaje del objeto animado al objeto inanimado). Los puntos suspensivos señalan que la operación de volver un continente animado es infinita. Lo que quiere decir que un objeto animado puede volverse un objeto sin vida nuevamente. La variabilidad depende del objeto mental construido y su estado en un momento particular.

En segundo término, indica: ♀ es distinto de ♀+♀. Esto podría interpretarse así: el continente separado de la emoción (recordemos que propuso que el signo + representaba una emoción) está despojado de vida. Podría, según lo venimos expresando, el fetiche, ese ♀ aislado, inanimado. Podría ser también un - ♀, o un continente muerto que resta vida en el caso C, D y E de las transformaciones negativas del fetiche que marcamos en el apartado anterior. La desintegración del fetiche en cada operación -♀ -♀ va generando un objeto más extraño y alejado de lo que sucedería en un vínculo ♀+♀.  Podríamos graficarlo así:
Un objeto cada vez más desvitalizado y más cargado agresivamente del cual lo que resta es liberarse a través de una sensorialidad radicalizada. Una unión que organiza, a través de la pantalla beta, una nueva ideografía, una acción extrañamente justificada, una configuración caracterológica que conserva una incoherencia inherente, una rigidez a punto de explotar o rajarse. Un exoesqueleto tan rígido como débil, que muestra que detrás de esa organización aparente el objeto extraño puede hacerse presente. En una acción, una reacción grupal, una idea delirante. En forma de más muertes, más pearcings, o líderes más extraños, o ideas más alejadas de la consensualidad.

En principio el fetiche es un objeto exterior desconectado de un vínculo y manipulable como un objeto físico, material. El continente que ofrece (que no deja de serlo) es diferente, como señalábamos, de ♀+♀. ♀+♀ prosigue (…), tiene sucesivos. Lo sucesivo de un objeto vivo.  En cambio ♀ necesita ser cambiado por otro ♀, no dura ni pasa: queda transformado o fijo. Fijado en el cuerpo, el líder. Cuesta vida y va despojando de vitalidad al nuevo ♀ que se presenta. Lo sucesivo de un objeto animado, que se va transformando, modifica al continente haciéndolo variante, inconsciente y desconocido para sí mismo. Es un conjunto creciente.

En el objeto inanimado el ♀ sin unión resulta del factor omnipotente de la personalidad que no tolera el vínculo o la unión con un objeto (2). Puede dar la apariencia de animado formateado en una ultrasensorialidad incesante y renovada. Lo contrario a la sucesión en el sentido, que, en esta, lo que es reemplazado implica un duelo. La pérdida no está presente en ♀. La pantalla beta se forma de estos continentes inanimados no unidos que no permiten soñar y generan perturbaciones en el yo, sus funciones y la deformación de la sensorialidad. Esas operaciones de ♀ van siendo evacuadas y formando la pantalla beta. En un momento, frente a un suceso apto (2), generan un ideograma. La clave del ideograma es que el significado del objeto no es accesible de inmediato. Reconocer los fragmentos que lo conforman implica un alto grado de abstracción y articulación simbólica por parte del analista. Provienen de un mundo (4) alejado de la lógica consensual. Es diferente del pictograma. Este tiene una cercanía mayor al símbolo, ya que el elemento presentado se acerca en su figuración a un significado consensual, directo. Un dibujo de una casa indica claramente su sentido. El ideograma, como las construcciones en relación a los tuneos en las armas de fuego que veremos en el punto siguiente o los códigos de comunicación en la joven rocker que relatamos al principio son construcciones fetichistas e ideográficas que implican por parte del interlocutor un conocimiento del mundo del cual provienen.


Contagio peligroso
    
Fui llamado por el padre de un adolescente de 17 años. Su hijo había llevado un arma de fuego tuneada, descargada. Parecía un juguete, pero era un arma real según supo entender un responsable del colegio. Resultó que un comité de padres había detectado lo mismo, con lo cual el pánico se hizo presente. No solo eso, el joven había amenazado con una masacre y aseguró que varios con él estaban dispuestos a ello. En la reunión de padres surgió la evidencia de que había en el grupo social al que pertenecían, un conocimiento bastante bueno sobre calidad, calibres de las armas, además de otros detalles. Ringo, mi paciente asignado, aseguró que sus compañeros tenían sus propios modelos de armas tuneados. Se halló además un grupo de WhatsApp llamado “La masacre de Texas 3”. Nadie negó el hecho, ni los padres ni los jóvenes. Además, Ringo, mostró una página en la que había un arsenal de diseños en muestra. Armas inofensivas, un juego habitual. Lo importante no eran las armas sino el tuneo, aseguraban. En la página se observaba, que el valor era el tuneo y no el significado de lo que soportaba el tuneo. Se descubrió sin mucha insistencia que había un consenso sobre el tuneo (de armas) …lo que importaba era el tuneo.

En la entrevista con el vocero del grupo, Ringo, pensé que tenía a un grupo de paciente. Pude indagar que el mundo del joven se orientaba en relación con el tuneo que, sí, podía generar que se dispare un arma de fuego. Había consignados episodios. Hubo peleas por los tuneos, e inclusive, seducciones amorosas. Con Google maps Ringo recorría en la sesión lugares de los atentados de los últimos meses en Estados Unidos. De allí me llevaba en el mapa a su barrio privado y las afueras del mismo. Sus fantasías y juegos con el grupo “la masacre de Texas 3” creo que no tengo que describirlas. Había dos mundos. Con dificultad traté de entender juegos violentos japoneses que me proponía, lleno de tuneadas, y de un lenguaje incomprensible para mí. Yo que intentaba ♀+♀, ser un objeto animado, estaba cada vez más rodeado de objetos extraños ♀. ♀ que se multiplicaban entre los miembros del grupo de WhatsApp. Reían, en videollamadas intermitentes en la sesión. Deje abierto el teléfono del joven porque parecía allí emular lo único que se parecía a un objeto vivo. Pasaron muchas cosas que relataré en otra comunicación. Fui al colegio, invitado por los que parecían ser mis pacientes junto a Ringo. Estuve en una serie de reuniones con los padres. Estaba tratando a un grupo y sus fetiches y relación con objetos inanimados. Solo temía la aparición del monstruo, el momento en que aquellos objetos inanimados se unan y tomen vida  en alguna acción:  .  


Bibliografía

  • Bion “Aprendiendo de la experiencia”. Paidós. 1985
  • Bion “Volviendo a pensar” Horme.1985
  • Redonda, “El tiempo y el espacio en la psicosis”. Argo. (Universidad de Sapienza). 2017
  • Sor-Martinez “Brechas del sueño” Polemos. 2004



Descriptores: Fetiche. Objeto inanimado. Relación analítica. Grupos  



Resumen

En este trabajo se estudia el concepto de fetichismo desde un nuevo punto de vista: la relación en el vínculo analítico con los objetos inanimados. Se presentan dos casos clínicos para pensar esta idea. Se estudian además los diferentes niveles de lo inanimado y sus consecuencias psicopatológicas y sociales.




Mitologías de lo femenino. - Cintia Rosso

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Mitologías de lo femenino
Ogresas, caníbales y destructoras
Narrativas de la peligrosa transformación femenina entre las poblaciones indígenas chaqueñas

Cintia N. Rosso
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La mujer es un puente de unión entre los caníbales y los humanos
(Claude Levi-Strauss, Palabra dada, 1984).



Introducción

El Gran Chaco es una región que abarca parte de los actuales territorios de Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay donde viven entre otros los grupos indígenas de la familia lingüística guaycurú y la familia lingüística mataco-mataguayo. La primera familia comprende a los abipones, mocovíes, mbayás (caduveos actuales), payaguás, tobas y pilagás, mientras que la segunda comprende a los chorotes, makás, wichí y nivaklé. Cada una de las familias presentaban similitudes lingüísticas entre sí, mientras que todas ellas compartían ciertas características sociales como la obtención de recursos a partir de la caza, la pesca y la recolección, junto a una horticultura incipiente, la movilidad anual —que estaba representada en ciclos de fisión y fusión—, la presencia de un sistema chamánico y brujeril, así como una organización política dividida en bandas. 


En las socio-cosmologías chaqueñas el cosmos está dividido en regiones cosmológicas (en general, tres capas o mundos), cada una de ellas habitadas por diversos tipos de seres, que pueden ser humanos y no humanos que se relacionan mediante diversos tipos de intercambio. Se trata de sociedades que moldean su mundo según una ontología animista, es decir, que hay una extensión de la sociedad al mundo de la naturaleza y una continuidad entre los humanos y los no-humanos (animales, plantas, muertos, astros, dueños de los animales y las plantas, etc.). Son sociedades perspectivistas, de alteridad constituyente, con corporalidades abiertas. Relacionado a esta corporalidad abierta se encuentra la idea de “contagio” definido como el “proceso de transmisión de las características formales o de comportamiento entre los nqui´i [espíritus] de entidades humanos y no humanas en momentos específicos del ciclo vital” (Tola, 2007-2008: 9). Este contagio puede dar paso a procesos de metamorfosis o transformación donde el ser percibe un cambio circunscripto básicamente a la apariencia del mismo o a procesos de cambio ontológico, es decir, una alteración simultánea y radical de forma, de identidad y de subjetividad de una entidad, asumiendo el carácter de definitivo e irreversible como sucede en el caso de la muerte (Siffredi, 2012:28; Tola, 2007-2008). 

Los relatos míticos que narran acontecimientos situados en la época de los orígenes, constituyen los fundamentos de sentido de la realidad y de la forma de vida actuales. Según Alejandra Siffredi (2012) tanto el recitado de alguno de ellos como los sueños chamánicos centrados en ciertas personalidades míticas, poseen la virtud de renovar la unión con aquella época, sus seres y eventos. Este es el de los relatos de las mujeres caníbales de la época de los “antiguos” (término usado para los antepasados por los indígenas chaqueños) que sirven para explicar el por qué las mujeres menstruantes deben seguir determinadas reglas.

Las mujeres “propias y ajenas” pueden representar la otredad, un elemento con una potencia y un poder que debe ser contenido de diversas maneras. De este control se derivan los tabúes asociados a las mujeres durante determinados períodos del ciclo vital ya que constituyen momentos peligrosos donde la contención social puede ser desbordada. Para los qom, Arenas (2003: 198) indica que la niña menstruante “no debe comer pescado, carnes diversas, nada que contenga grasa”. No puede acercarse al agua, ni al monte y debe permanecer en su vivienda. Las restricciones alimentarias y las prescripciones sobre las actividades cotidianas se repetirán cada vez que la mujer menstrué, pero mientras que en la primera menstruación la dieta prescriptiva debía extenderse durante dos meses, posteriormente dura tres o cuatro días (Citro, 2008). Los tabúes alimenticios abarcan tanto a las mujeres como a sus maridos (Arenas, 2003; Métraux, 1996). Estas prescripciones, en los grupos chaqueños, están ligadas a relatos míticos uno de ellos narra la posibilidad de que la mujer se convierta en una mujer caníbal e insaciable que podía devorar la sociedad entera, mientras que otro relata que una mujer menstruante es la culpable de que una serpiente (el arco iris) destruya el mundo conocido. Si estas prohibiciones no se cumplen las consecuencias pueden ser enfermedades, catástrofes e infortunios que recaen tanto a nivel individual, familiar y comunal (Tola, 2008).

Nos detendremos en el primer caso, si la mujer menstruante consume carne durante el período menstrual se convierte en el personaje-estado de la mujer caníbal u ogresa. Entre los mocovíes se llama Nesogoy, entre los qom se conoce como NsoGoe y entre los chorote es Tséjmataki. Entre los mocovíes, Nesogoy era un personaje mítico que se convirtió en una ogresa temible. Esta mujer estaba menstruando cuando acompañó a su marido al monte. Cuando encontraron un nido de loros, el marido se subió a recoger los pichones que iba pasando a su mujer. Esta sufrió un súbito ataque de hambre y se fue comiendo todos los pichones y, cuando el esposo descendió del árbol, también se lo devoró a él. Luego comenzó un raid predatorio hasta que cayó en un pozo trampa que la gente había cavado para ella, la mataron y la quemaron, de sus cenizas nació un gran jaguar (Terán, 1994; Colombres, 2012). Es una pequeña mujer caníbal del monte asociada a la ruptura de la prohibición menstrual, que en los casos que las mujeres transgreden las prescripciones “se les mete en el cuerpo” (Citro, 2008; López, 2009). Entre los qom esta mujer devoradora, insaciable y caníbal es NsoGoe  (nsoxoi) asociada también al jaguar. Para los chorote, Tséjmataki, la ogresa constituye el prototipo chorote del canibalismo personificando la dimensión de lo terrorífico, inmanejable e imprevisible del tiempo primordial (Siffredi, 2012). En efecto, ella actuó en el tiempo primordial pero prosigue haciéndolo, entre otras formas, como un personaje-estado que afecta a ciertos sujetos tras alguna infracción, implicando una potencialidad constante. Al mismo tiempo, Tséjmataki perdura en la planta de tabaco que surgió de las cenizas de su cadáver cuyo uso principal es chamánico y, en menor medida, considerado alimenticio, paliativo del hambre en tiempos de escasez (Siffredi, 2012)

NsoGoe es representada como un “bicho” que se introducía en la mujer menstruante si esta comía carne durante el período menstrual (Citro, 2008). Esta idea de elementos que se introducen en las personas alude al concepto de enfermedad que poseen los indígenas chaqueños donde las enfermedades ocurren por un agente, ya sea un “dueño” que “castiga” por el no cumplimiento de un tabú o por el accionar de un chamán o un brujo. Este proceso de enfermedad puede darse por la intrusión de un elemento externo (NsoGoe como bicho) o por el de rapto del alma. En este caso, el personaje mítico castiga a la mujer metiéndosele dentro y provocando la transformación ontológica hasta que la convierte en caníbal. La única forma de lograr que este proceso se detenga es con la intervención de un chamán.

Las mujeres poseen cualidades para lograr determinadas transformaciones (realizan la cerámica, cocinan los alimentos) y para otorgar la vida y la muerte (antiguamente eran las que decidían en los casos de abortos e infanticidio), por ese mismo motivo son concebidas como seres fértiles, poderosos y peligrosos. Esto les otorga cierta ambigüedad y, por lo tanto, como mencionamos anteriormente, es necesario controlarlas en determinadas circunstancias (en especial, en los momentos de su ciclo menstrual). Son más “propensas” que los hombres al cambio ontológico porque están más cercanas a las transformaciones cíclicas (pierden sangre mensualmente, su cuerpo cambia en el embarazo, les sale leche de sus mamas). Probablemente, esto puede asociarse a que la sangre es uno de los “reservorios de la potencia”, esta potencia que está libre durante la menstruación y que debe ser controlada, los relatos míticos advierten sobre los peligros a los que están expuestas las mujeres que desobedecen los tabúes alimenticios, como mencionamos anteriormente se produce un cambio ontológico a partir del cual se volverían caníbales y destruirían la sociedad misma (Idoyaga Molina, 1983).

Las mujeres por su condición de seres ambiguos eran las encargadas de realizar determinados rituales relacionados al contacto con la alteridad. Ellas eran las encargadas de incorporar las cualidades del enemigo que se encontraban en los scalps (cabelleras) así como eran las encomendadas de realizar gran parte de los ritos funerarios (atención del moribundo, lamentaciones, cavar fosa funeraria, cambio de nombres). En el caso de las celebraciones donde se danzaba con los scalps, además del intento de obtener el poder del mismo, probablemente, se pretendía alejar los aspectos negativos del enemigo muerto. De igual manera, se encargaban de mantener alejado al difunto reciente, ya que su proximidad era peligrosa para los vivos que entraban en contacto con él y, especialmente, para sus parientes. En las sociedades chaqueñas, el muerto, al pasar a otro estado ontológico -Tola, (2006: 163) comenta que el muerto pasa a “existir en un régimen de corporalidad diferente en otro espacio del universo-, se convierte en un ser poderoso y, por lo tanto, temible (Idoyaga Molina, 1983); los ancianos -.gracias al poder acumulado en su vida- junto con los chamanes son los únicos que pueden tratar con esos poderes con capacidad de enfermar y matar. En esos momentos rituales, las mujeres de mayor edad con el cargo de “hechiceras” parecen haber ocupado un lugar privilegiado en el trato con entidades poderosas no humanas. Las mujeres jóvenes participaban de ciertos momentos rituales, pero debido a que era posible que se produjera en ellas una transformación ontológica caníbal debían permanecer fuera de ciertas esferas relacionadas con el contacto con la otredad. En cambio, las ancianas tenían la capacidad de transformar y procesar tanto los productos alimenticios como las capacidades de las entidades dotadas de poder debido a que ellas mismas eran seres poderosos capaces de resistir el contacto y el peligro que dicho contacto implica, debido a que el paso del tiempo las dotaba de mayor poder y, por ende, presentando un peligro menor para la sociedad.

En suma, las mujeres constituían seres ambiguos, fértiles y poderosos que, en ciertas circunstancias del ciclo vital, necesitaban ser domesticados ya que, si no se realizaba algún tipo de control, podían llevar a la destrucción individual, familiar y social. Ellas representaban la otredad, la alteridad –con características poderosas- dentro de la propia sociedad, por eso, constituían un puente entre los enemigos y los muertos, entidades peligrosas y fértiles. Las narrativas míticas ofrecen el modelo y la explicación del cambio ontológico al que las mujeres pueden conducirse si infringen los tabúes que encauzan su peligroso poder.


Bibliografía

  • Arenas, P. 2003: Etnografía y alimentación entre los Toba-Nachilamole# ek y Wichí-Lhuku'tas del Chaco Central (Argentina). Buenos Aires, Edición del autor.
  • Citro, S. 2008: Creando una mujer: ritual de iniciación femenina y matriz simbólica de los géneros entre los toba takshik. En S. Hirsch (coord.) Mujeres indígenas en la Argentina: Cuerpo, trabajo y poder, pp. 27-58. Buenos Aires, Editorial Biblos.
  • Colombres, A. 2012. Seres mitológicos argentinos. Colihue, Buenos Aires.
  • Idoyaga Molina, A. 1983. Muerte y funebria entre los Pilagá. Scripta Ethnologica VII: 33-45.
  • Sifreddi, A. 2012. Memorias chorote. Gran Chaco Sudamericano. Editorial Académica Española, Berlín.
  • Terán, B. 1994. Lo que cuentan los tobas. Ediciones del sol, Buenos Aires.
  • Tola, F. 2008: Constitución del cuerpo femenino entre los toba (qom) del este formoseño. En S. Hirsch (coord.) Mujeres indígenas en la Argentina: Cuerpo, trabajo y poder. Buenos Aires, Editorial Biblos.





Descriptores: Mujeres - peligro - narrativas mítcas - indígenas chaqueños




Resumen 

Las mujeres, en algunas sociedades, constituyen una otredad dentro del propio “nosotros”. Esta extrañeza queda plasmada en las narrativas que cuentan sobre el riesgo que entrañan el género femenino. En las sociedades indígenas chaqueñas esto puede relacionarse con ciertas características que comparten con los seres poderosos, especialmente, la fertilidad, la ambigüedad y la peligrosidad que implican. Por esta razón, existen una gran cantidad de prácticas que regulan y controlan a las mujeres en determinadas instancias de su ciclo vital con el fin de evitar un desbordamiento de sus capacidades que las transformen y hagan peligrar a la sociedad misma. El objetivo de este trabajo es discutir la construcción de peligrosidad de las mujeres a partir de la narrativa mítica de tres sociedades indígenas chaqueñas (moqoit, qom y chorote).  


La envidia como afecto y sus relaciones con lo femenino-masculino. - Marita Sánchez Grillo

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La envidia como afecto y sus relaciones con lo femenino-masculino

Marita Sánchez Grillo
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                  “En el momento actual, el problema desborda el campo de la sexualidad femenina y se centra en torno de lo femenino considerado en su doble referencia al hombre y a la mujer. Englobado aquí en el vasto tema de la bisexualidad, lo femenino presenta suficientes singularidades como para ser examinado aparte o, quizás mejor, como para recentrar desde ello la cuestión de la bisexualidad. (Green, André. “¿Y la mujer?” En las Cadenas de Eros”).
 
                     “He propuesto considerar el Edipo desde un ángulo diferente del de Freud. Cuando se consideran las relaciones triangulares padre-madre-hijo, no se puede dejar de apuntar que la madre es la única componente del triángulo que tiene una relación carnal con los otros dos…Tenemos aquí uno de los elementos más capitales del conflicto fundamental de la sexualidad femenina, que da pie a la rivalidad entre los otros dos partenaires… En este estadio, el caso de la niña no es diferente del caso del niño en su oposición al padre como objeto sexual. Green, André, “La sexualidad materna”. En Las cadenas de Eros, 1997)



I- Introducción    

El tema de esta presentación es la consideración de la envidia como afecto, es decir, como movimiento, manifestación de lo pulsional (representante-afecto), dirigida a los objetos de amor (representantes –meta de la pulsión), tanto en hombres como en mujeres.

Concepto caro al Psicoanálisis, controvertido y central en el abordaje de la bisexualidad humana: en Freud referida a la sexualidad femenina como envidia de pene y como correlato de la angustia de castración; en   M. Klein, concepto extensivo a ambos sexos, a partir de la equivalencia del pene con el pecho materno en la etapa oral y al interior fecundo de la madre tanto en la anal como en la fálico uretral.

En otro tiempo y lugar[1] me he abocado especialmente a la consideración de lo femenino en el varón, ideas que subyacen a este planteo, alguna de las cuáles sintéticamente enunciaré más adelante.

La apuesta en esta presentación apunta a considerar a la envidia como un afecto en el sentido de un representante psíquico de la pulsión (Green 1997), que desempeña un papel primordial en el origen y la dinámica del Complejo de Edipo, tanto en niñas como en varones. Su status teórico sería entonces análogo al de la angustia de castración.

En síntesis, el objetivo es centrarme en aquello que convierte a la trama del Complejo de Edipo en sus dos vertientes, dominante y recesiva (positivo y negativa) en un “discurso viviente”, animado por el afecto o, lo que sería quizás más indicado, animado por ambos afectos (angustia de castración y envidia).[2]


 II. La envidia en el lenguaje y la cultura.

El Diccionario de la RAE, define a la envidia en primera y segunda acepción como “tristeza o pesar del bien ajeno”, “emulación, deseo honesto”. Quiero recalcar la “tristeza” y “el deseo honesto”:  señala en primer lugar un aspecto positivo de reconocimiento y admiración por una posesión ajena dotada con características “buenas” o “valiosas”, capaz de producir s dolor por su ausencia como bien propio y, en segundo lugar, el deseo de imitar y aún superar al objeto de deseo.

Resulta curioso que a continuación, para ejemplificar, recurra a la frase: “Comerse (en negrita en el texto) uno de envidia”, explicándola como frase figurativa de “estar enteramente poseído por ella”. El exceso entonces, en el significado académico, parece quedar restringido al dolor y daño melancólico del sujeto envidioso antes que al ataque o daño al objeto de envidia.

Destaco el valor de esta significación para acentuar los vínculos de la envidia con la admiración, la idealización, la identificación (quizás también raíz de los celos) y la culpa en relación con el objeto envidiado.

La antigua Roma solía representar la envidia con cabezas de mujer con anguilas y serpientes ¿representación imaginaria de la envidia de pene? En Grecia, representada con ojos, ligados a la mirada capaz de producir daño, al “mal de ojos”, superstición popular vigente aún en nuestros días…

En el Purgatorio de Dante, el castigo para los envidiosos era cerrar sus ojos y coserlos, por haber tenido el placer de ver a otros caer. La tragedia de Sófocles, a la que queremos llegar, culmina con la autopunición de Edipo que ciega sus ojos. También en el cuento de Hoffmann, “El hombre de la Arena”, Freud sitúa lo verdaderamente ominoso en ese personaje que busca a los niños para quitarles los globos oculares. La angustia de castración está referida, en todos los casos, al castigo de quedar cegados.

Es claro que, en el imaginario popular, predomina la idea /temor del posible daño infringido a otro/s por la posesión de un objeto deseado que el sujeto carece.

Una cita de Melanie Klein en “Envidia y gratitud: “El doctor Elliot Jaques ha llamado mi atención sobre la raíz etimológica de la envidia (en latín invidia), que proviene del verbo invideo: mirar con recelo a, mirar maliciosa o rencorosamente dentro de, dirigir una mirada maligna sobre, envidiar algo” (Klein, M. 1957, p.187, nota al pie n°6).

En la religión católica, desde San Gregorio Magno (S. VI-VII), la envidia se encuentra entre los siete pecados capitales junto a la gula, la avaricia, la lujuria, la pereza, la soberbia y la ira. En el film “Los siete pecados capitales”, nominado al Oscar como mejor película en 1996, y ganador del Oscar al mejor actor (Brad Pitt), el clímax del thriller se logra en el sexto episodio (la “envidia”), con el ataque hasta la muerte a la mujer y al hijo en su vientre del detective que perseguía al asesino serial, porque “envidiaba su vida”. Quizás esté de más recordar que el último episodio corresponde a la Ira, cuando el detective hace justicia por sus propias manos…


III.-La envidia en psicoanálisis

El primer trabajo de Freud en el que aparece el concepto de “envidia de pene” es en el segundo de los “Tres ensayos para una teoría sexual” de 1905, aunque incorporado a posteriori, en las modificaciones realizadas en 1910 y 1924. La primera alusión la realiza en 1908 en “Las teorías sexuales infantiles”. También se refiere a ella en “Introducción del narcisismo” (1914) y en un texto que a mi juicio es sumamente importante: “Sobre las trasposiciones de la pulsión, en especial del erotismo anal” (1917). Aquí querría destacar la ausencia de su mención en “El Yo y el Ello” (1923), donde se explaya sin embargo ampliamente sobre el Complejo de Edipo en el varón. Tampoco la menciona, en el mismo año 1923 en” La organización genital infantil (una interpolación en la teoría de la sexualidad)”, al incorporar la etapa fálica. Siempre consideró una deuda teórica el tema de la sexualidad de la niña y la mujer (el “continente negro”, inexplorado), pese a haber tenido muchos “casos” entre sus pacientes. Personalmente creo que esperaba más respuestas de parte de las colegas mujeres y   después de exponer  la idea con más fuerza  en  los años siguientes tanto en “El sepultamiento del complejo de Edipo” (1924) y en  “Algunas consecuencias psíquicas de las diferencias anatómicas entre los sexos” (1925), en su artículo posterior sobre La feminidad ( Conferencia 33° -  1932   ) no abandona la idea y la desarrolla en forma paralela a la de “angustia de castración” en el varón, pero “nombra” a la “envidia de pene” con cierta timidez.

Es Melanie Klein la que ya en 1924, en uno de sus primeros escritos (Caso de Erna), afirma: “En la base de esta envidia está la primera teoría sexual infantil…la madre, al copular con el padre, incorpora el pene de este y lo retiene dentro de sí”.

Pero es recién en 1957 (Envidia y gratitud) que desarrolla más profundamente este concepto, oponiéndolo a la gratitud, y haciéndolo extensivo a ambos sexos por igual: “Tanto en el hombre como en la mujer, la envidia tiene su parte en el deseo de quitarle los atributos al sexo opuesto y poseer o arruinar los del padre del mismo sexo… De aquí se desprende que, en ambos sexos, por divergente que sea su desarrollo, los celos y la rivalidad en la situación edípica positiva y negativa (directa e invertida), están basados en la envidia excesiva hacia el objeto primario, es decir, la madre, o mejor aún, su pecho”.

Fue sin duda M. Klein quien amplió el concepto de envidia, haciéndolo extensivo no solamente al genital masculino sino a todas las zonas erógenas, sus objetos y etapas de la evolución de la libido. Fue ella quien ubicó como sujeto envidioso tanto al niño como a la niña en sus etapas preedípicas y edípica con distintas consecuencias y avatares en ambos casos y en correlato con las teorías sexuales infantiles enunciadas por Freud. También, quien se refirió a ella tanto con connotaciones destructivas ligadas a la pulsión de muerte (¿o componentes agresivos de las pulsiones de vida?), como con connotaciones reparatorias correspondientes a las pulsiones de vida: “pero no es solamente el pene, lo que el niño siente que tiene que preservar, sino también los buenos contenidos de su cuerpo, las heces y orina buenas, los bebes que él desea tener en la posición femenina y los bebes que -identificados con el padre bueno y creador- desea producir, siguiendo su posición masculina.

Quiero intercalar un comentario, tan justo como elogioso de J. Lacan a M. Klein  aunque su nombre no aparezca explícito, citado por Julia Kristeva (2001) al comparar la “posición depresiva kleiniana”  con el “estadio del espejo lacaniano”, en la medida en que ambos conceptos atestiguan “la naturaleza propiamente imaginaria de la función del yo en el sujeto”: “Ese vacío pobló al niño con monstruos cuya fauna no conocemos desde que una arúspice de ojos de niño, tripera inspirada, nos ha hecho su catálogo, mirándolos en las entrañas de la madre nutricia.”

D. W. Winnicott se refiere a un “elemento femenino puro” en hombres y mujeres. Esta relación inicial es la que funda la más primitiva de las experiencias humanas: la de “ser”. Implica el sentimiento de empezar a vivir, estrechamente ligada a la experiencia creadora. Esta creatividad corresponde a la condición de estar vivo y se vincula con la idea de que la vida es digna de ser vivida. Por ello, la creatividad es un denominador común a hombres y mujeres.

El abordaje de Winnicott y su concepción de la identificación primaria corrigen la idea de Freud de que en el varón la identificación primaria es con el padre, e incorpora la de que es esencialmente con la madre. En otras palabras, es la madre la que se unifica con el ser del niño, cualquiera sea su sexo. Podría postularse, desde esta óptica, que el varón, desde la versión positiva de su Complejo de Edipo, no tendrá que hacer un pasaje de objeto en cuanto a elección amorosa, pero sí tendrá que hacerlo respecto del objeto de identificación primaria.

Para Winnicott, así como la relación de objeto del elemento femenino puro supone identidad y no está involucrada en ella la pulsión, la relación objetal del elemento masculino puro supone separación y se encuentra respaldada por la pulsión. De allí su ya clásico aforismo: “Después de ser hacer y que se le haga a uno”.

Para este autor, la envidia hacia lo femenino puede provenir tanto de los hombres como de las mujeres, desde el elemento masculino de ambos. En forma análoga, la envidia al pene podrá provenir del elemento femenino disociado, tanto del hombre como de la mujer. Esta envidia, por tanto, no será privativa de esta última, y con un caso clínico ilustra la envidia al pene desde el elemento no masculino de su personalidad en el tratamiento de un hombre de mediana edad, casado y padre de familia. Allí especifica: “Deseo destacar que esto nada tiene que ver con la homosexualidad.”


IV.- Conclusiones:

a) Terminando este trabajo, vuelvo a la primera cita de A. Green del epígrafe en su artículo “¿Y la mujer?” Comparto y destaco la idea de que lo femenino debe ser examinado aparte, aunque sin perder de vista el problema de la bisexualidad.

b) Con respecto a la perspectiva de la segunda cita de Green en “La sexualidad materna”, cuando señala “que la madre es la única componente del triángulo (padre-madre-hijo) que tiene una relación carnal con los otros dos”, vale en el contexto de este trabajo el siguiente interrogante: ¿es posible negar ante la figurabilidad de tales escenas la presunción de ser movilizadoras de una intensa envidia, en cualquiera de los dos partenaires?

c) En esta breve ponencia he esbozado un tema sobre el cual, creo, no tenemos suficientes respuestas desde el corpus teórico del psicoanálisis. Me refiero a los afectos y, dentro de ellos, en especial, a la envidia, afecto prínceps en la teoría de la feminidad. La envidia de pene, compañera simétrica de la angustia de castración. Ambos, afectos conscientes o inconscientes, representantes psíquicos de mociones pulsionales que dinamizan un complejo de representaciones que el psicoanálisis teoriza como complejo de Edipo, al que quizás podamos reconocer como uno de los conceptos centrales en la teoría.

Curiosidad matemática: en el texto de “el Hombre de los lobos, Freud menciona a la angustia de castración dieciocho veces. Me atrevo a decir que la mención a la envidia de pene en toda su obra apenas debe superar el número de menciones a la angustia de castración de ese sólo artículo.

Ya me he ocupado sobre este tema en un largo trabajo sobre “Las teorías sexuales infantiles, con especial referencia a la teoría de la cloaca y el complejo de Edipo en el negativo en el varón”, publicado en 2010 como “El niño de las hormigas. Un caso paradigmático del psicoanálisis con niños”. La hipótesis allí planteada es: ¿No habrá una simetría en cuanto a la función moduladora de la angustia y estructurante del aparato psíquico entre la posición femenina en el varón sustentada a través de la teoría de la cloaca, y la posición masculina en la mujer, sustentada en la envidia al pene?

d) Se hace demasiado hincapié en que en el complejo de Edipo la niña, a diferencia del varón, debe sortear una dificultad por tener que cambiar el objeto de amor. Pero ¿está más exento de dificultades el hecho de que el varón deba cambiar el objeto de identificación en la versión positiva si consideramos que la identificación primaria es primordialmente con la madre?


     Bibliografía

  • Green, André (1990). El complejo de castración. Paidós, Bs. As., 1996.
  •                         (1997). Las cadenas de Eros.  Amorrortu, Bs. As. 1998.
  • Kristeva, Julia (1996) Sentido y sinsentido de la revuelta. Eudeba. Bs. As. 1998
  •                                    El genio femenino. 2. Melanie Klein. Paidós Bs. As. 2013
  • Sánchez Grillo, M. del R. “El niño de las hormigas”. Ed. Biebel. Bs. As. 2010

     

Descriptores: Envidia de pene - Feminidad – Bisexualidad- Femenino-Masculino


Resumen

Este trabajo considera a la bisexualidad humana haciendo foco en las concepciones de los autores clásicos del psicoanálisis (S. Freud, M. Klein, J Lacan, D. W. Winnicott), a través de la lente de ideas más contemporáneas (A. Green y J. Kristeva).

El tema central es el tratamiento de la envidia como manifestación de lo pulsional (representante-afecto) dirigida a los objetos de amor (representantes –meta de la pulsión), tanto en hombres como en mujeres. Asimismo, se bosquejan las consecuencias de dichos movimientos afectivos en la estructuración de lo intrapsíquico que dan lugar a sus manifestaciones en lo intersubjetivo, tanto durante el desarrollo, en la vida adulta y en la clínica.
  





[1]  El Niño de las Hormigas. Un caso paradigmático del psicoanálisis con Niños.
[2] “… el afecto tiene características que hacen de él un elemento bastante complejo: mantiene una relación muy estrecha con el cuerpo; está muy ligado a los elementos situacionales, marca de entrada la relación con el otro (y es de entrada marcado por la relación con el otro). Además, es el soporte de cierto número de elementos que permiten que fenómenos como la creencia o la pasión queden anclados en el inconsciente. Me parece que el afecto es un testigo privilegiado de las relaciones con la pulsión y con la historia del sujeto. Y un último punto, que ya había sido percibido por Freud: la relación del afecto con la verbalización es mucho más incierta y discutible que la de la representación con la verbalización.” (Green,A. y Urribarri,F.(2013) en “Del pensamiento clínico al paradigma contemporáneo. Conversaciones”, Ed. Amorrorrtu, Bs. As.2015.